Soy hija de Rocio y Miguel Ángel.

«Cuando yo tenía 14 años, mi padre era un ignorante insoportable. Pero cuando cumplí los 21, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años» – Mark Twain

Hace poco terminé de leer (en realidad escuchar en audiolibro) un libro llamado «Las cosas que no nos dijeron y otras que sí, pero no son ciertas» por Valeria Stoopen Barois ( L’Amargeitor) y cuando escuché a Valeria hablar de sus papás en uno de los capítulos, se me llenaron de lágrimas los ojos y no porque ella haya tenido una infancia terrible con algún tipo de papás ausentes o violentos sino al contrario porque me pareció increíble el, quizá sin que ella se diera cuenta, homenaje que había hecho a sus padres al redactar aquellas líneas.

Dicho lo anterior y después de ponerle pausa a mi celular y limpiarme las lágrimas para bajarme del coche e ir a la oficina, me percaté de las tantas cosas y pensamientos que tengo atorados en la garganta como nudos. Desde los increíbles recuerdos de mi infancia, el inconmensurable amor por mi familia, los agradecimientos que parece tengo anotados en interminables listas mentales, las dudas existenciales como abogada, las pérdidas vividas en los recientes años o hasta los pedacitos de corazón roto que de vez en vez se asoman en mi garganta.

Vaya que tengo taaaantas cosas que decir, pero qué mejor manera de empezar a deshacer esos nudos que con un homenaje o mejor dicho agradecimiento a los dos humanos a quienes llamo «Mis Crayolos», mi lugar seguro y presidentes de mi Club de Fans, mis padres.

Y es que entre más pasan los años, más me doy cuenta que fui una suertudota de que me tocaran ellos como padres, los papás son eso que nos construye, aquello que nos prepara con la mochila en la espalda para ir a enfrentar la vida, los que nos enseñan a estar de pie en la tormenta y si somos lo suficientemente afortunados; los que afrontan con nosotros las tormentas que la vida nos va dando.

De mi padre, aprendí desde las cosas más básicas de la vida como medir el nivel de aceite del coche para que no me vieran la cara los mecánicos, a poner un taquete, a cambiar un foco (porque siempre debes bajar las pastillas antes de cualquier cambio para evitar accidentes) o cosas tan trascendentales como no tenerle miedo a un escenario, a decir siempre lo que pienso (aunque creo que en eso aveces se me pasa la mano), a jugar squash, a ser amiga, a querer a los míos y principalmente a saberme una chingona.

Miguel Ángel o Crayolo como yo lo llamo es y fue mi cimiento, porque para construirse uno debe existir un lugar firme y ese, fue mi papá.

Gracias infinitas por aquellas desmañanadas para llevarme a las competencias de natación o la escuela (no ahondare en todo lo que la vida acuática y educativa dejó para mi porque eso es material para otro o varios capítulos), por las pláticas a veces fugaces o a veces eternas pero siempre importantes, por haber sido un guerrero contra el cáncer y por las horas jugando squash, por tu amor infinito hacia tu familia y los tuyos, por el «tranquila Ruth, respira y no llores porque necesita llegar oxígeno a tu cerebro», por todas esas veces que te convertiste en maestro de oratoria o cuando me viste con el corazón roto para darme lo que siempre me has dado; tu amor y apoyo incondicional. Pero sobre todo, gracias por ser mi papá.

Mi mamá ha sido la luz cuando los cuartos se me han puesto más oscuros, la columna vertebral de la mujer que soy y de quién heredé el corazón de pollo y las lágrimas incontrolables. Rocio es la responsable de sembrar en mi cabeza la certeza de saberme capaz de lograr cualquier cosa.

Aunque sea más despistada que yo y casi nunca conteste el teléfono (por eso no es mi contacto de emergencia), sé que siempre ABSOLUTAMENTE siempre cuento con su apoyo. Basta que me vea con su mirada de madre para que sepa todo lo que está pasando en mi mente y en mi corazón y es que como siempre me ha dicho, como no va a saber todo de mí si le lleva 9 de meses de ventaja a todos los demás en conocerme.

Mamá me ha enseñado sobre todas las cosas a ser feliz, o mejor dicho a hacer lo que me hace feliz. Nunca me ha juzgado, ha escuchado atenta mis razones, dado su punto de vista y concluye CASI siempre lo mismo: «Ruth, haz lo que te haga feliz». Las otras veces si me dice directito lo que piensa y me pone los pies en la tierra.

Gracias mamá primero por darme vida y criarme con tanto amor, gracias por todos los fines de semana donde te quedabas sin voz gritando, «Ruth, cierra, cierra, estira, tu puedes», por las veces en las que hacías tu mejor esfuerzo por peinarme aunque no supieras como (hay fotos que lo comprueban pues casi siempre tenía el mismo peinado), por darme alas para volar y cuando lo he necesitado, darme el empujoncito para brincar a lo desconocido. Te amo mamá.

Por último, gracias a ambos por darme a mi Crayolito o sea mi hermano, al hombre que llegó a cambiar mi vida para enseñarme el amor incondicional y al cual le dedicaré alguno que otro capítulo, pero sobre todo gracias por ser mis padres, por darme tan increíbles recuerdos, tanto amor, pero sobre todo por llenarme la mochila de tremendas herramientas y recuerdos para afrontar la vida.

Estas son sólo unas breves palabras o nudos como yo los llamo, sobre lo que tengo en la mente y corazón sobre mis Crayolos. Aquellos a quienes me duele ver envejecer pero a quienes cada día que pasa me hacen darme cuenta de lo mucho que los amo y sobre todo, lo agradecida y profundamente afortunada que soy de ser su hija.

Como mucho amor.

RAMR


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